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 Dracma de Cosroes II

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benyusuf
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MensajeTema: Dracma de Cosroes II   Jue 21 Ene 2016 - 20:10

Buenaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas

Esta pieza de mi colección os quiere contar, después de decir sus datos, los hechos acaecidos en la toma de Jerusalén por los sasánidas en el año 614:

EMPERADOR: Cosroes II.
VALOR: Dracma
AÑO: 24 de reinado (613/614 d C.)
DIAMETRO: 31 mm.
PESO: 3,26 gr.
METAL: Plata.
CECA: BN
imagenes gratis

ANV.: busto del sha Cosroes II mirando a la dcha., con la corona alada, dentro de 2 orlas. Tiene varias leyendas, 2 a la izquierda: GDH: (gloria), APZWT (el que aumenta la riqueza) y en la dcha: HWSLWY (Cosroes).



REV,: dentro de 3 orlas, nos encontramos un altar del fuego, símbolo del zoroastrismo (religión oficial del imperio sasánida), con estrella a izq. Y creciente a la dcha., y a ambos lados dos guardianes barbados que flanquean dicho altar. La leyenda de la dcha, se refiere a la marca de ceca donde se acuñó dicha pieza (BN),  y a la izq, el número de año de reinado del sha (24). En el exterior en la posición de los puntos cardinales, creciente con estrella dentro.



Y con la ayuda de la web os cuento lo que sucedió en este acontecimiento:

El sitio de Jerusalén del año 614 fue parte de las Guerras Romano-Sasánidas, realizado durante el reinado de Cosroes II a principios del siglo VII en territorio bizantino. A raíz de los avances persas en Siria en el año anterior, el siguiente objetivo del general Sharvaraz pasó a ser la famosa ciudad de Jerusalén, controlada por Bizancio. Su captura proporcionaría un acceso directo al mar Mediterráneo, además, la ciudad sería un lugar estratégico para el Imperio sasánida en el que comenzar la construcción de una flota naval y que sin duda debilitaría al Imperio bizantino. Después de 21 días de incesante asedio, las murallas de Jerusalén cedieron a los persas y la victoria dio lugar a la anexión territorial de Jerusalén, y con ella, de toda Palestina.
 




El sitio

Habituados en el marco de la tradición militar, cuando la fuerza persa llegó a las afueras de Jerusalén, Sharvaraz ofreció una transición pacífica del poder en caso de que la ciudad se entregara sin resistencia. Sin embargo, la oferta del general sasánida fue rechazada, y en consecuencia sus tropas se prepararon para un bloqueo. Sharvaraz, junto a colega, el general Shahin, se preparó para lo que a su juicio sería un largo y feroz asedio dado las poderosas fortificaciones de Jerusalén. Durante veinte días sin parar, el ejército persa atacó continuamente los muros de Jerusalén con ballestas y otros artilugios militares. Mientras que la ciudad bizantina estaba compuesta principalmente por civiles y sacerdotes, no hay mención alguna de una formidable fuerza griega, que fue recogida por el monje Modesto para ayudar a Jerusalén. Sin embargo, una vez que las tropas griegas se vieron atrapados ante el abrumador ejército persa acampado fuera de las paredes de la ciudad, huyeron por temor a una batalla suicida. Tras el vigésimo primer día de bombardeo, las paredes de la ciudad finalmente cayeron, debido sobre todo a la asistencia de los judíos aliados al ejército persa, el interior fue rápidamente invadido. Los judíos habían sido durante mucho tiempo marginados y oprimidos por su patria romana, por lo tanto, había opiniones más favorables hacia los invasores persas. Algunos de los 26000 judíos traicionaron a la población cristiana bizantina y lucharon contra ellos. Una vez que el ejército sasánida había traspasado las fortificaciones de la ciudad, los rebeldes judíos se sumaron a los persas, y Sharvaraz ordenó una rápida destrucción y el saqueo de Jerusalén habiendo reconocido la asistencia de los judíos en la captura de la ciudad, que incluso les dio la oportunidad de matar personalmente a sus enemigos cristianos.
 




La conquista de Jerusalén (614)

Aún más que en el caso de Antioquía, la conquista persa de la ciudad de Jerusalén en la primavera de 614, la implicación de la población judía ha suscitado mayor controversia historiográfica. Jerusalén no era una ciudad más, sino el centro del Cristianismo y el Judaísmo, un campo de batalla. Al igual que hemos hecho en el caso anterior, empezaremos con una valoración del relato que hacen nuestras principales fuentes, tratando de situarlas en consonancia con el contexto general en el que estamos inmersos y confrontarlas con los estudios.

La obra del monje del s. VII Antíoco Estrategos, testigo presencial de los acontecimientos, ha sido la principal fuente para el estudio de la conquista de la antigua Aelia. Como reconoce Bowersock, el valor de La destrucción de Jerusalén radica en el dibujo minucioso que hace de la ciudad. El modo en el que cuenta el desarrollo de los acontecimientos ha parecido a algunos especialistas hiperbólico. No obstante, hallan su reflejo en otras fuentes.


Maxima Expansíon del Imperio sasánida en época de Cosroes II
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Jerusalén no escapó al ambiente de guerra civil. Y el monje se refiere a ello cuando dice que durante el patriarcado de Zacarías (609-632) llegaron unos hombres malvados, que se asentaron en Jerusalén. Algunos de ellos moraron antaño en esta ciudad sagrada con la ayuda del Diablo. Después fueron conocidos por el vestido que llevaban, y una de las facciones se denominó los Verdes y la otra los Azules. Estaban llenos de vileza y no estaban contentos con sólo asaltar y saquear a los creyentes; pero se unieron por el derramamiento de sangre y por el homicidio.
 

Otros manuscritos en los que se ha conservado el testimonio de la toma de Jerusalén inciden el origen externo de los agitadores. Se enfatiza el caos generalizado en el que, como ya se ha apuntado, no se respetaban los lugares sagrados. Estamos por tanto ante un claro ejemplo de visión apocalíptica del devenir histórico, en el que los persas son vistos como el instrumento elegido por Dios para castigar a los romanos por sus pecados. En textos apocalípticos, como el Evangelio de los Doce Apóstoles, comprobamos la raigambre de esta idea. En su parte final, en la que habla Juan el Pequeño, se hace un repaso de lo que ha sido la Historia de Roma hasta ese momento y ligando el florecimiento del Imperio al apoyo de Constantino I (306-337) a la Iglesia, en la línea providencialista, pero reconoce que sus sucesores se alejaron de la ortodoxia «cayendo en la fornicación y el adulterio», por lo que Dios envió a los persas a los que también hizo caer por sus pecados, haciendo surgir a los árabes. Esta misma idea del castigo divino está presente en los discursos recogidos por Antíoco Estrategos, puestos en boca del patriarca Zacarías. Trata de confortar a los prisioneros cristianos, sirviéndonos como ejemplo ilustrativo las siguientes palabras, que por sí solas resumen la concepción del devenir histórico en todos sus ámbitos: «Nos olvidamos de Dios y Dios se olvidó de nosotros. Nos alejamos de Dios y Dios se alejó de nosotros».

El avance de las tropas persas, imparable a través del territorio romano, fue entendido como señal inequívoca del fin de los tiempos. Para muchos, el gobierno del tirano Focas ya había supuesto el comienzo de las calamidades que anunciaban el fin de los tiempos, en comparación con el reinado de Tiberio II (578-582). La guerra venía a confirmar lo escrito en el libro de Daniel y validaba, una vez más, la esperanza en la llegada del Mesías. Los judíos confrontaron los relatos bíblicos con los hechos que estaban viviendo en esos momentos, conectando la realidad del s. VII con los tiempos de Ciro, quien los liberó de su cautiverio cuando conquistó Babilonia, ganándose el apelativo de «Mesías gentil». Según entendieron algunos, si los asirios, que habían destruido el Templo de Salomón, fueron derrotados por los persas, éstos también derrotarían a los destructores del Segundo Templo, los romanos. Pero otra tradición judía, tal vez un poco posterior –dado que en ella ya se atisba la victoria de Heraclio, cuando no se da por hecha–, augurando la derrota de Persia a manos de los romanos y la llegada del Mesías tras seis meses.

Los persas desempeñaron un papel destacado en la escatología judía, en tanto que era el único poder que se oponía a la Romania en Oriente, creando con ellos un «mito» similar al creado por los judíos que vivían en la Cristiandad con respecto a las condiciones de vida de las que gozarían bajo el Islam. De hecho, esta identificación de Persia con los Califatos no es baladí. El modelo adoptado por los gobernantes islámicos se basó en el vigente entre los sasánidas, según el cual cada grupo religioso se regía en base a su propia ley y sólo se les pedía fidelidad y el pago del tributo. Este modelo de «tolerancia», lo contraponen al status de los judíos en el Imperio Romano, si bien sobre estas apreciaciones cabría hacer algunas puntualizaciones.

El contrapunto en la visión apocalíptica judía lo representa la figura de «Armilos», que tiene en el «Anticristo» de la tradición cristiana su paralelo. Bajo este nombre los judíos se refieren al emperador romano, en este caso, Heraclio. La descripción del mismo que tenemos en el Libro de Zorobabel permitiría hacer una identificación con este emperador: «el pelo de su cabeza es de colores como el oro y lo lleva atado […]» Para algunos, sería una alteración del nombre del fundador de la ciudad de Roma: Rómulo. Sin embargo, otros, como Van Bekkum, echan mano de la etimología, afirmando que está compuesto por dos palabras griegas: ερήμος y λαος, cuyo significado vendría a ser «pueblo solitario»; más común es aceptar que procede de ερημοω «quien devasta el pueblo»; otra variante sería ‘ερμη «nacido de una estatua». El origen griego del nombre es mucho más plausible que la corrupción de Rómulo, dado el entorno helenizado en el que se desarrolló el Judaísmo y la influencia que ejercieron los judíos de la Diáspora. A ello habría que añadirle «la desolación en lugar sagrado» que supuso erigir estatuas del emperador Adriano (117-138) y de otros dioses paganos en la explanada del Templo, visibles ca. 33387, pudieron haber servido de base para la creación de esta figura como la encarnación de todo lo que abominaban los judíos, reforzando la imagen de agravio, sufrido a manos del poder romano.

Esta esperanza mesiánica lleva a poder hablar de «guerra sagrada», vivida como la nueva conquista de la Tierra Prometida. La coyuntura histórica de comienzos del s. VII es muy propicia para hacer este tipo de identificaciones, ya que el propio Heraclio es comparado con el rey David o Noé, aunque no fue el único. Modesto, quien sería patriarca de Jerusalén entre 632-634, también es llamado Νέου Νῶε en la Vida de Juan el Limosnero, patriarca de Alejandría entre 610-619, reconociendo la labor de este monje como salvador de la Iglesia de Palestina durante el Diluvio que representó para la Cristiandad oriental la conquista persa.

Con este caldo de cultivo religioso, no es de extrañar que se produjera una venganza contra los cristianos apoyada, al menos en un primer momento, por el poder persa. Y quizás sea esta palabra, venganza, la más empleada por la historiografía israelí para justificar la ayuda que los judíos prestaron a los persas, sobre los que finalmente hacen recaer la responsabilidad última de las masacres y destrucción de iglesias. Así lo indica Sebeos al hacer hincapié en «la nación hebrea, aliada contra los cristianos», achacando su asesinato al celo patriótico o Miguel el Sirio, quien también justifica la alianza judeo-persa por el odio. Pero no es menos cierto que entre los cristianos, los que con mayor ahínco se opusieron al avance de las tropas persas fueron los monjes, el sector más beligerante de la Iglesia, apoyando a Heraclio en la guerra santa emprendida contra Persia.

Tomando como punto de partida el contexto ideológico, conviene tratar de poner en orden la secuencia de los acontecimientos. El relato del obispo armenio Sebeos hace que tengamos que replantear la imagen que hasta ahora teníamos acerca de cómo se sucedieron los hechos. Al contrario de lo que afirman el resto de nuestras fuentes, en la Historia de Heraclio sostiene que la ciudad de Jerusalén ya se había rendido al general persa Šahrbarāz y aceptado a los ostikans (gobernadores/administradores) que los persas nombraron, y con toda seguridad estuvieron apoyados por los judíos. El patriarca se hallaba en una situación comprometida frente a los suyos, y que lo acusaban de traición, lo cual no se explicaría sin la previa rendición de la ciudad a las tropas de Cosroes II. Fue una revuelta de jóvenes la que desembocó en el asesinato de estos funcionarios y en un pogromo, tras lo cual los judíos dieron la voz de alarma a los persas acampados a poca distancia de Jerusalén. Por su parte, Antíoco Estrategos insiste en hacer de los demos una de las piezas claves, siendo los demarcas los que se presentaron ante Zacarías para organizar la resistencia; pudieron ser ellos quienes organizaran la revuelta contra los ostikans y sus aliados judíos.

No obstante, y a pesar de la limpieza de imagen que lleva a cabo el monje de Mar Saba, el gran héroe no es el patriarca, sino Modesto. Fue él quien salió de la ciudad para buscar el auxilio de la cercana guarnición de Jericó, ayudado por Dios, que impidió que fuese descubierto por los persas que sitiaban la Ciudad Santa, pero los soldados se negaron al conocer el gran número de tropas persas que se hallaban concentradas. Entre estas tropas, si seguimos los Annales de Eutiquio, se encontrarían judíos de Tiberíades, Galilea y Nazaret, formando con toda seguridad batallones especiales, tal y como lo pone de manifiesto el que fuese ministro de Educación israelí, Benzion Dinur en The Jews in their Land. Si volvemos sobre el texto del Libro de Zorobabel, comprobamos cómo tras la muerte del Mesías descendiente de la casa de José a manos de Armilos-Heraclio, estallaría una gran guerra que debía asolar la tierra de Israel y extraviar a los gentiles. Era un eslabón más de la cadena de acontecimientos que debían conducir a la llegada del Mesías de la casa de David, que finalmente debía liberar a los judíos de la opresión extranjera.


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Dejando de lado lo escrito por Antíoco, los testimonios de otras fuentes hacen patente la dimensión de la conquista. El patriarca Nicéforo, Agapios o Bar-Hebraeus son las más parcas. En la Crónica Pascual encontramos la desolación y el impacto que causó el asesinato de los miles de religiosos muertos a manos de los persas y sin embargo, en la Crónica del Khuzistán, la responsabilidad recae sobre los judíos. El hecho que suscitó la repulsa de los cronistas cristianos y que en cierto modo están relacionados: la compra de prisioneros cristianos a los persas para asesinarlos y la consiguiente masacre en la cisterna de Mamila, unido al robo y traslado de las reliquias a Persia, en especial la Vera Cruz, hallada por Helena en sus expediciones por Jerusalén, junto a numerosos cautivos entre los que estaba el patriarca Zacarías, quien no regresaría del exilio. Sobre este último aspecto no entraremos, dado que no hay evidencias que permitan establecer un nexo de unión con la población judía.

La cisterna de Mamila se encontraría, según Antíoco Estrategos, a unos «dos estadios de la Torre de David» –348 metros aproximadamente–. En otros manuscritos se dice que se encuentra en «el Algarbe de la ciudad», «saliendo de la Santa Morada, a dos tiros de flecha de la Torre de David». El depósito habría de convertirse en una trampa para todos aquellos cristianos que buscaban ponerse a salvo de la furia de las tropas de Šahrbarāz y de la venganza de los judíos, convirtiéndose en improvisada prisión en la que los persas recluyeron a los cautivos. Lo sucedido en Mamila va a ser visto como una reedición de las persecuciones ordenadas por los emperadores romanos. Tomando como guía La caída de Jerusalén, los judíos ofrecieron a los cristianos la oportunidad de salvar sus vidas si se convertían al Judaísmo, pero «su estratagema y deseo no se vieron cumplidos, sus esfuerzos fueron en vano; porque los hijos de la Santa Iglesia prefirieron morir por Cristo antes que vivir en la impiedad». Esta afirmación de la fe cristiana frente a la apostasía pone de manifiesto la fuerte sensibilidad religiosa existente tanto de un lado como del otro, si bien difícilmente podríamos excluir que se produjeran algunas conversiones.

Todos estos acontecimientos fueron interpretados en clave milenarista; fácilmente podrían identificarlo con el anuncio de la llegada del Anticristo y la inminencia del Juicio Final. Tal vez, si posteriormente no se hubiera producido la invasión arabo-islámica, probablemente esta figura la habría encarnado en la literatura cristiana un Cosroes II derrotado por Heraclio, que había asumido –como de hecho lo hizo– el papel del «último rey» antes de la Parusía.

Antíoco Estrategos comparó la compra de los prisioneros cristianos por parte de los judíos con la traición de Judas, de esta manera se consumaba el martirio y la voluntad de Dios. Se inauguraba una segunda etapa martirial en el contexto de una «guerra sagrada» en la que los cristianos daban testimonio de su fe con sus vidas. A priori podría pensarse que se trata de un lugar común literario propio del género. Pero el relato del monje jerosolimitano no es la única fuente en la que encontramos referencias a la compra de los prisioneros. Eutiquio es, quizá, el único que sólo hace mención a la matanza de «innumerables cristianos», pero no alude a la compra. Teófanes el Confesor sostiene que cada judío pagó por los prisioneros acorde con su status social. Dionisio de Tel-Maḥrē liga el odio que sienten los judíos con la compra del privilegio de asesinar a los cristianos lo mismo que Miguel el Sirio, quien añade que lo hicieron a bajo precio, dándole un toque de mayor mezquindad a la acción. El asesinato de los cristianos se convierte así en un holocausto, en un sacrificio ritual, en cumplimiento de los designios del Señor, tal y como han quedado recogidos en los textos sinagogales, analizados líneas arriba. En medio de unos sentimientos religiosos exacerbados, podemos explicar la masacre por medio de la «teología del herem», el exterminio de aquellos que consideraban enemigos de su pueblo y por ende de Dios; la aniquilación de quienes se oponían al establecimiento de los judíos en Tierra Santa.

La cifra total de muertos en Jerusalén, coincidiendo con Geoffrey Regan, quizá sea difícil de determinar, por la disparidad que hallamos en las propias fuentes, pero no imposible. Tal vez, debamos darle mayor credibilidad al número total que da Antíoco Estrategos –dada su calidad de testigo directo– de 66.509 almas, de las que 24.518 corresponderían a la cisterna de Mamila, de lejos, el lugar en el que hubo un mayor número de víctimas. Algunos especialistas han afirmado que los restos hallados en Mamila corresponderían a una fosa común de cristianos en este período, con lo que cualquier atisbo de masacre queda eliminado. En torno a la misma cantidad se mueven Sebeos, al hablar de 57.000 muertos y 35.000 cautivos, y Miguel el Sirio que cifra las muertes en unas 70.000 personas; sensiblemente alejadas de las 90.000 que dan Teófanes el Confesor y Dionisio de Tel-Maḥrē. Como señala José Soto en un reciente estudio sobre la guerra romano-persa, dentro de este baile de cifras, la más plausible es la de Sebeos, en torno a 50.000 muertes y unos 37.000 cautivos. Incluso ello nos permitiría desglosar las ofrecidas por Dionisio y Teófanes, que no hablan de muertes, sino de víctimas, dejando así de parecer tan fantasiosas a algunos especialistas.

Hay una frase en la Cronografía de Bar Hebraeus que resume muy bien la situación de la que gozaron los judíos tras la conquista persa, su orto y ocaso bajo la administración sasánida: «al principio los judíos fueron tratados de forma pacífica, y entonces fueron llevados a Persia». 
Entre 614-617, los judíos quedaron como los señores de Jerusalén, con lo que se cumplían las profecías de San Andrés el Loco, según las cuales, esto sucedería hacia finales del séptimo milenio, pero que serían castigados antes de la Segunda Venida. Obviamente, esto ha de ser entendido como una formulación a posteriori, que ha tomado a este santo del s. IV como personaje principal de un Apocalipsis escrito durante la expansión árabe, pero que, como es habitual en la variante sirio-palestina, se basa en los acontecimientos del pasado para vaticinar cómo será el fin del mundo. Este control es admitido por la historiografía israelí, como lo demuestra un fragmento de la citada obra de Dinur:



Durante tres años, aparentemente, tuvieron bajo su control Jerusalén; los cristianos recalcitrantes estuvieron sometidos a un férreo control, muchos apóstatas fueron sentenciados a muerte por idólatras y se requisaron materiales para reconstruir el Templo.
 

El fragmento anterior evidencia la puesta en pie de una suerte de teocracia. No obstante, en recientes estudios se ha afirmado que tras un momento inicial de confusión (614-615), los persas habrían vuelto a la estricta reglamentación acerca del establecimiento de los judíos en Jerusalén, posiblemente no antes del inicio de la campaña persa para la conquista de Egipto.

Ahora bien, la pregunta que cabría hacerse está relacionada con la identidad de esos «apóstatas», ya que en estos momentos los únicos monoteísmos de la zona son Judaísmo y Cristianismo, dado que el Islam no está consolidado. Lo más lógico sería pensar que bajo ese nombre se refiere a los cristianos, y que por tanto los asesinatos no habrían cesado. En este sentido Regan habla de los ataques que los judíos, ayudados por los beduinos, lanzaron contra las columnas de prisioneros cristianos que eran llevados a Persia, catalogando la actuación de los judíos como «genocidio», en tanto que lo que perseguían era la eliminación de una parte de la población en Palestina. El silencio acerca de estos ataques beduinos, en especial al monasterio de Mar Saba una semana después del asalto a Jerusalén, en la obra de Antíoco Estrategos ha servido para poner en duda el valor de su testimonio como fuente histórica, considerándolo una pieza de propaganda anti-persa.

La mayoría de las fuentes cristianas consultadas, corren un velo de silencio sobre la actuación de los judíos después de la toma de la ciudad, pasando directamente a su expulsión de Jerusalén. No obstante, en la Crónica del Khuzistán, encontramos una anécdota que da pie a pensar en el comienzo de las obras para la reconstrucción del Templo. Y para ello quisieron destruir la iglesia de la Resurrección, convenciendo al comandante persa de que allí se guardaban numerosos tesoros y «cavaron aproximadamente tres codos alrededor de la tumba» –2’5 metros aproximadamente–, encontrando una caja en la que se podía leer: «Este es el cofre de José, el consejero que dio sepultura al cuerpo de Jesús», ya que había dejado en su testamento que cuando muriese quería ser enterrado en el mismo lugar en el que fue enterrado Jesús. Lejos de resultar la acción como ellos esperaban, fueron expulsados aunque no se dice si de la ciudad o no. Lo que sí está claro es que, cuando Cosroes fue informado de lo que sucedía, mandó confiscar los bienes de los judíos ordenando su crucifixión y los expulsó definitivamente de la ciudad, destino del que se hacen eco los demás cronistas.

¿Qué ha sucedido para que se produzca este cambio en la postura del poder persa hacia sus aliados judíos? La respuesta habría que buscarla en la propia corte sasánida, en la que destacan dos cristianos que gozan de una posición privilegiada cerca de Cosroes ii: su consejero Yazdin de Karkha y su esposa, Šīrīn, ambos cristianos y por tanto con la misma animadversión hacia el «pueblo deicida». En la Crónica del Khuzistán se considera a Yazdin un «defensor de la Iglesia del mismo modo en que lo fueron Constantino y Teodosio» y que gozaba junto a Cosroes de la misma estima que «José ante los ojos del Faraón», hecho que lo convertía en alguien famoso tanto en Persia como en la Romania. Él fue el encargado de recibir en Ctesifonte las reliquias traídas desde Jerusalén y es a Yazdin a quien los prisioneros cuentan lo que ha sucedido en la Ciudad Santa, poniéndose en marcha junto a la reina. Según Antíoco Estrategos, la esposa del šahānšah: «se decía cristiana, pero ante la herejía de Nestorio, el impío y despreciado por Dios», reconociendo el buen trato dado a Zacarías y a otros prisioneros, presumiblemente pertenecientes al clero o a las familias más importantes de Jerusalén.

Aunque se trata de dos personajes influyentes, las presiones hechas por ambos, no habrían bastado, por sí solas, para explicar el abandono de la alianza judía que tan buenos resultados dio a Persia. La realidad que imponían las campañas militares es un factor a tener en cuenta. Con la conquista de Siria-Palestina, la Persia sasánida englobaba en su interior a una población mayoritariamente cristiana, que aumentaría con la planeada conquista de Egipto, por lo que no le convenía tener a sus espaldas a una población que en un momento dado podría rebelarse.
Este cambio de actitud es el que deja entrever en la carta que escribe Modesto, al que en la Vida de Juan el Limosnero llaman ὅσιον, beato, y no πατριάρχης, patriarca –si bien en la traducción se refieren a él como «vicario», en tanto que sustituto del ausente Zacarías– resaltando así la autoridad carismática del monje, al catholikós armenio Kumitas (617-625) y recoge Sebeos en su Historia: «él [Dios] ha convertido en amigos a nuestros adversarios y nos ha recordado su piedad y misericordia».

A pesar del viraje dado por los persas, los judíos palestinos tendrán en buena estima a Cosroes II, hasta el punto de que en El libro de Zorobabel podemos leer un lamento por su muerte en 628 tras el golpe palaciego de su hijo Siroes: «Y traspasará Sirón a Nehemías y todo Israel llorará a Nehemías, hijo de Husiel, asesinado y su cadáver yacerá tendido ante las puertas de Jerusalén». Puede parecer rara la identificación de Cosroes ii con Nehemías, pero la clave la tenemos nuevamente en los Pirqé, donde, remitiéndonos al texto de Ne: 6,2, relata la conjura de los samaritanos para asesinarlo, pues había emprendido la reconstrucción de una Jerusalén judía, del mismo modo en el que también el soberano sasánida les habría permitido reconstruir el Templo, si bien luego dio marcha atrás. En sentido contrario se expresa Eliézer ben Qilir, quien en un poema compuesto ca. 630, es decir, en el momento en el que se produce al restauración de la Jerusalén cristiana y romana, sintetiza la frustración de la población judía cuando los persas «construyeron el altar y ofrecieron en él sacrificios. Pero no tendrán tiempo de establecer el santuario». Es por tanto, un canto por la oportunidad perdida del pueblo judío.
 


Consecuencias

Poco después de que el ejército persa entrara en Jerusalén, tuvo lugar un sacrilego saqueo sin precedentes. Iglesia tras iglesia fue incendiada junto a los innumerables objetos cristianos, que fueron robados o dañados, por el consiguiente incendio. Pero el delito más devastador de Persia (como Heraclio y el Imperio Bizantino opinaron) fue el robo de la Vera Cruz, reliquia sagrada que a la vuelta a su capital, llevaron consigo como botín. El número de víctimas de la destrucción de Jerusalén fue también catastrófica, se dice unos 90.000 ciudadanos cristianos que perecieron en el saqueo, tanto como consecuencia de las acciones del ejército persa, como también de la oportunidad concedida por Sharvaraz a los judíos. Teniendo en cuenta que Cosroes II practicaba la tolerancia religiosa y que respetaba a los cristianos, no se sabe por qué Sharvaraz ordenó esa matanza en la población. Una de las razones podría haber sido simplemente la rabia de Sharvaraz por la resistencia que había ofrecido la población cristiana de Jerusalén. La ciudad fue conquistada y la Santa Cruz permaneció en manos sasánidas unos quince años, hasta que Heraclio la recuperó en 629.
 
Espero que os haya gustado

Web utilizadas:

- Wikipedia
- http://meahhebreo.com/index.php/meahhebreo/article/view/438/716

Un saludo

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Turdetano
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MensajeTema: Re: Dracma de Cosroes II   Jue 21 Ene 2016 - 20:48

¡¡¡ Qué arte más grande !!!, benyusuf.
¡¡¡ De categoría !!!.
Esta noche lo leeré con más tranquilidad, que estoy trabajando.
Muchas gracias.
Un saludo.  :bravo
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Espartaco
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MensajeTema: Re: Dracma de Cosroes II   Jue 21 Ene 2016 - 22:48

Muy buen post  :bravo :bravo :bravo :bravo :bravo

:ok
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ampalab
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MensajeTema: Re: Dracma de Cosroes II   Vie 22 Ene 2016 - 8:27

:bravo :bravo :bravo :bravo
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benyusuf
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MensajeTema: Re: Dracma de Cosroes II   Vie 22 Ene 2016 - 16:59

Me alegra que os haya gustado  :fiesta :fiesta :fiesta

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MensajeTema: Re: Dracma de Cosroes II   Vie 22 Ene 2016 - 21:18

Espectacular post amigo, ya lo dijo Jesús:

Lucas 19, 41 - 44:
Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos.
Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.»


La ciudad de Jerusalén es centro de tres grandes religiones, de los cristianos, de los judíos y de los musulmanes, los cistianos tenemos la Basílica del Santo Sepulcro; los judíos el Templo de Salomón (hoy en día el muro de los lamentos) y los musulmanes la Cúpula de la Roca.

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MensajeTema: Re: Dracma de Cosroes II   Lun 25 Ene 2016 - 22:09

Me alegra que te guste el post amigo David :acuerdo

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MensajeTema: Re: Dracma de Cosroes II   

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Dracma de Cosroes II
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