En 1905, al iniciarse la guerra ruso-japonesa, el vicealmirante Zinovy Petrovich Rozhesvensky fue puesto a cargo de la flota rusa del Báltico, que debía llegar hasta Japón para atacar a sus fuerzas. A lo largo de las 18.000 millas de recorrido, no había una simple base que pudiera ser utilizada; además, la antigüedad y el peso de las naves hacían la marca muy lenta.
El vicealmirante se sumió en una importante depresión, pues sabía que al final de su viaje lo esperaba la muerte: la flota japonesa era más moderna y experimentada, y temía las burlas del mundo acerca de la actuación en combate de una flota rusa tan poco eficiente. Todo el viaje no hizo más que confirmar sus temores.
La masa de los barcos era tan importante que no sólo comprometía su velocidad, sino también su estabilidad; Rozhesvensky tuvo que dar órdenes de no izar banderines y estandartes en los palos, a excepción de los imprescindibles, y tampoco se podía llevar armamento secundario.
Mientras todavía estaban en el Báltico y el Mar del Norte, lejos de Japón, la moral estaba tan baja que los vigías veían torpederas japonesas por todas partes. Debido a este nerviosismo, la flota rusa del Báltico comenzó a hundir a sus primeras víctimas: algunas naves de una flota pesquera de arrastre británica, un barco mercante sueco, un pesquero alemán y una goleta francesa, contra las que se dispararon más de 300 obuses.
Debido a esto, en San Petersburgo se animaron a enviarle refuerzos. Cuando el vicealmirante se enteró de que le estaban enviando barcos aún más viejos e inútiles, dio órdenes de aumentar la velocidad para que no los alcanzaran.
Durante una práctica de artillería, el sufrido Rozhesvensky, famoso por su puntería cuando era un joven oficial, vio como sus destructores no acertaron ni uno sólo de varios blancos estacionarios; finalmente, cuando los buques se reagruparon, se descubrió que sí le habían acertado a algo... El barco que remolcaba los blancos.
Luego de esto llegaron las prácticas con torpedos: como faltaban los últimos libros de códigos, los destructores los lanzaban en las más insólitas direcciones. Se cuenta que de seis torpedos lanzados, uno se atascó, dos viraron 90º y se estrellaron en el puerto, otros dos se mantuvieron en rumbo pero no acertaron, y el último se cebó y comenzó a dar vueltas en círculos mientras se sumergía y emergía del agua, aterrorizando a toda la flota.
Para colmo de males, el ya deprimido vicealmirante Rozhesvensky recibió órdenes de destruir a la flota japonesa para luego volver a Rusia y ser relevado debido a su incompetencia. En la batalla de Tsushima, la flota japonesa del Almirante Heihachiro Togo destruyó dos tercios de la flota rusa. Apenas unos pocos buques enemigos pudieron escapar. Rozhesvensky fue herido y luego capturado, y su segundo al mando rindió la flota a los japoneses para evitar una matanza mayor. En el interín murieron 4.830 marinos rusos, y 5.917 fueron hechos prisioneros: los japoneses apenas perdieron tres buques torpederos y 117 muertos.
Una vez regresaron a Rusia, los dos oficiales superiores pasaron por una corte marcial, en la cual Rozhesvensky asumió toda la responsabilidad, aunque su segundo al mando había sido el responsable de la rendición. Aunque fueron condenados a muerte, el Zar conmutó sus penas y las de sus oficiales inferiores.
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