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 Zugarramurdi, el salem español

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MensajeTema: Zugarramurdi, el salem español   Zugarramurdi, el salem español EmptySáb 24 Dic 2011 - 14:57

Esto que veis aqui es un resumen de la pagina original, mas que nada porque la riqueza de detalles de la otra hacia dificil ponerla aqui al completo sin que se convirtiera en algo pesado de querer leer, os dejo el enlace abajo de todo para que la disfruteis en su total extension ;)

Zugarramurdi, el Salem español
Publicado el 01 diciembre 2010 por Javier García Blanco

El sábado 6 de noviembre de 1610, la localidad de Logroño bullía animada con el incesante ir y venir de vecinos y visitantes. Ya desde el día anterior habían ido llegando hasta la ciudad miles de forasteros de las comarcas limítrofes e incluso de Francia, llenando las calles y abarrotando tabernas y posadas para regocijo de comerciantes y hosteleros. Con miles de visitantes abarrotando hasta el último rincón de la villa, se respiraba un ambiente casi festivo. Sin embargo, el origen de tal algarabía no estaba en ninguna celebración festiva, ni tampoco en alguna feria o mercado, sino en un evento mucho más siniestro: un Auto de Fe organizado por la Inquisición, en el que se iba a dictar sentencia contra varias decenas de acusados por delitos de herejía y brujería.
El Auto de Fe previsto para el 7 de noviembre, domingo, terminó alargándose durante dos días. Además de una treintena de acusados de brujería, el tribunal iba a leer las sentencias de varios moriscos y judaizantes. El protocolo obligaba a los inquisidores a leer en público las actas, testimonios y sentencias de cada acusado, y en el caso de los supuestos brujos y brujas, todos ellos procedentes de la pequeña población navarra de Zugarramurdi y alrededores, los documentos eran tan extensos que la ceremonia se extendió mucho más allá de lo previsto.
Lejos de suponer el fin de aquel extraño brote de brujería que había azotado las comarcas navarras, el Auto de Fe de Logroño, celebrado con la intención de servir de escarmiento, no supuso más que un breve episodio de una penosa historia que se prolongaría durante años... ¿cuál había sido el desencadenante de aquella epidemia de terror que asoló buena parte del nordeste peninsular y que a punto estuvo de convertirse en una tragedia de dimensiones colosales?

Apenas dos años antes del Auto de Fe, a finales del año 1608, la vida en la pequeña localidad de Zugarramurdi, cercana a Urdax, discurría con la tranquilidad de un pueblo de humildes campesinos cuya población apenas sobrepasaba las trescientas almas. Sin embargo, pocas semanas antes de la Navidad un hecho en apariencia intrascendente iba a trastocar de forma radical la vida del pequeño pueblo. En aquellos fríos días de fin de año había regresado al pueblo una joven de 20 años llamada María de Ximildegui, que había vivido en Zugarramurdi durante años, hasta que regresó con sus padres a su Francia natal, a Ciboure, una localidad costera situada a unos 30 kilómetros de distancia. La joven había vuelto en busca de trabajo como sirvienta, y no tardó en poner al día a sus antiguos convecinos de la vida que había llevado al otro lado de la frontera. Quizá para llamar la atención entre sus vecinos, o para divertirse un poco, la joven comenzó a contar extrañas historias sobre su vida en Ciboure. Ante sus asombradas amigas, María explicó que se había convertido en bruja –aunque ya no lo era–, e incluso aseguró haber volado con ayuda del diablo para asistir a los aquelarres que también se celebraban en Zugarramurdi. Ximildegui no dudó en nombrar a varias personas del pueblo que, según ella, habían participado en las heréticas asambleas dirigidas por el demonio.
Como es lógico, una vez aquellos relatos se extendieron por el pequeño pueblo, los acusados de brujería por María no tardaron en manifestar su malestar. Una de las jóvenes señaladas por Ximildegui, María de Jureteguía, de 22 años, mostró su enfado por aquellas mentiras, así que su marido, Esteve de Navarcorena, y un grupo de familiares, acudieron ante la joven francesa para que pidiera disculpas por sus falsedades. Lejos de amedrentarse, María de Ximildegui siguió en sus trece, y aseguró que sería capaz de hacer confesar a su convecina. Se produjo un careo entre ambas y, aunque Jureteguía juraba que todas aquellas historias eran mentira, su acusadora se mostró tan convincente y dio tal número de detalles que incluso los familiares de la acusada comenzaron a dudar de la veracidad de aquellas historias. Al fin, presionada por parientes y por la firme Ximildegui, la joven campesina terminó confesando, e incluso señaló a otros familiares, como su tía María de Chipía, de practicar las artes brujeriles. Desde ese momento los rumores se apoderaron del pueblo. Jureteguía fue llevada ante fray Felipe de Zabaleta, monje de Urdax, quien escuchó su confesión y le impuso como penitencia que confesase ante sus vecinos su pasado brujeril y que pidiese perdón durante una misa en la iglesia de Zugarramurdi.
Pese a lo que cabría esperar, antes de que acabara el año el asunto no sólo no había sido resuelto, sino que entre la población se extendió una histeria brujeril que hizo correr rumores sobre la pertenencia a la “secta diabólica” de otros vecinos. Algunos habitantes del pueblo decidieron tomar la iniciativa e irrumpieron en las casas de los supuestos brujos para encontrar evidencias de sus dañinas prácticas. Poco después el fraile de Urdax y varios vecinos obligaron a los acusados –en ocasiones bajo violentas amenazas– a confesar su condición de brujos.
Intimidados, la mayoría de ellos terminó confesando y fueron conminados, al igual que había sucedido con María de Jureteguía, a confesar públicamente y a pedir perdón en la iglesia de Zugarramurdi. Celebrado este acto de confesión múltiple, el incidente parecía haber llegado a su fin sin más consecuencias. Sin embargo, la historia no había hecho más que comenzar, y no tardaría en adquirir unas dimensiones preocupantes.

De un modo que todavía se desconoce –aunque los historiadores señalan al abad de Urdax, fray León de Araníbar, como responsable–, el incidente llegó a oídos del tribunal de la Inquisición en Logroño. En aquellas fechas, los dominios de la sede del Santo Oficio en Logroño se extendían por buena parte del nordeste peninsular, incluyendo la totalidad de la provincia de Navarra, Calahorra, Santo Domingo de la Calzada y las provincias del País Vasco. Un vasto territorio que se encargaban de vigilar los inquisidores Alonso Becerra Holguín y Juan Valle Alvarado –el puesto de tercer inquisidor sería cubierto meses después–, con ayuda de numerosos comisarios y una extensa red de confidentes.
Fue así como apenas comenzado el año, el pueblo de Zugarramurdi, que intentaba ya olvidar los desagradables sucesos de las historias de brujas, recibió la inesperada visita de un comisario de la Inquisición y de un notario. Tras interrogar a varios testigos, el comisario remitió su informe a Logroño y, una vez en sus manos, los inquisidores Valle y Becerra terminaron convencidos de que la comarca navarra se hallaba infestada de adoradores del demonio. Así pues, y con la intención de iniciar una investigación en toda regla, los inquisidores ordenaron la detención de cuatro de los implicados: Estevanía de Navarcorena, Juana de Telechea, María de Jureteguía y María Pérez de Barrenechea. A finales de enero, las cuatro mujeres se hallaban ya presas en las cárceles secretas de la Inquisición de Logroño, y durante los interrogatorios confesaron su condición de brujas y reconocieron haber participado en aquelarres y haber cometido varios asesinatos, todo con el fin de ganarse los favores del Maligno.
Con aquellas sorprendentes confesiones sobre el papel, los inquisidores informaron por fin al Inquisidor General en Madrid, Bernardo de Sandoval y Rojas, y por extensión al Consejo Supremo del Santo Oficio, también conocido como “la Suprema”. En su primer informe, Valle y Becerra reconocían que algunas de las “brujas” habían realizado confesiones incoherentes, pero a pesar de todo –y de continuos intentos por retractarse– decidieron conceder crédito a aquellas historias. Es muy posible, como señala el historiador Gustav Henningsen en una de las mejores monografías sobre el caso, El abogado de las brujas (Alianza Editorial. Madrid, 1983) que aquellas mujeres, de condición humilde y escasa cultura, fueran convencidas para confesar “con promesas de sentencias leves” si reconocían sus faltas y se arrepentían. De hecho, más tarde se supo que un carcelero había escuchado a María de Jureteguía y a su tía, también procesada, hablar sobre su inocencia. La primera le habría dicho a la segunda que, “si tenía la más mínima esperanza de salir de prisión, tendría que hacer una confesión, aunque fuese falsa, y reveló a su tía que eso era precisamente lo que ella había hecho”.
Mientras, la tensión en Zugarramurdi era palpable entre algunos de los implicados. Seis de ellos, temerosos de correr idéntico destino que sus vecinas, decidieron acudir a Logroño para explicar lo que en verdad había acontecido: todo era falso, pero se habían visto obligados a confesar por las amenazas de sus vecinos.
Fue así como estas seis personas –Miguel de Goiburu, Juanes de Sansín, Graciana de Barrenechea, Juanes de Goiburu y María y Estevanía de Yriarte–, pusieron rumbo a Logroño con la esperanza de desenredar aquel entuerto. Por desgracia para ellos, sus peores temores se hicieron realidad. Aunque los seis declararon individualmente y coincidieron en su inocencia, achacando a las amenazas su confesión inicial, los inquisidores ordenaron su ingreso en prisión, sumándose a sus vecinas. Fueron precisamente éstas quienes, sometidas a nuevos interrogatorios, desvelaron a los inquisidores que algunos de los detenidos, concretamente Graciana y Miguel, eran los líderes del grupo brujeril. A pesar de estos cargos, los seis vecinos de Zugarramurdi mantuvieron su inocencia en los dos primeros interrogatorios a los que fueron sometidos.
Mientras tanto, los inquisidores Valle y Becerra habían remitido sus primeros informes a la Suprema, quien les respondió solicitando que emplearan un cuestionario durante los interrogatorios a los presuntos brujos ya detenidos, así como a aquellos aún en libertad, sugiriendo también que se entrevistara a otros posibles testigos que pudieran aportar datos de interés. Además, los mandos del Santo Oficio urgían a sus agentes en Logroño para que uno de ellos visitara personalmente Zugarramurdi, y obtuviese pruebas de primera mano. Aquella tarea recaía en el inquisidor Valle quien, sin embargo, no partió inmediatamente para cumplir la tarea.
Con la llegada del mes de junio, el puesto de tercer inquisidor de Logroño, que se encontraba vacante, fue cubierto por don Alonso de Salazar Frías, quien iba a jugar un papel importantísimo en el terrible proceso contra los supuestos brujos. Unas semanas después de la llegada de Salazar, los tres inquisidores habían obtenido de todos los detenidos las respectivas confesiones, incluso en el segundo grupo de vecinos, que habían defendido su inocencia durante mucho tiempo. A comienzos de septiembre de 1609, el tribunal de Logroño anunció por carta a la Suprema que los interrogatorios habían terminado, y que pronto se procedería a determinar los cargos que se imputaban a cada reo. Por desgracia, poco después una epidemia se cebó en el interior de la cárcel de la Inquisición, acabando con la vida de varios de los detenidos, entre ellos Graciana de Barrenechea, Miguel de Goiburu o Estevanía Yriarte. Ninguno de ellos vivió lo suficiente como para presenciar el desenlace de los acontecimientos.
Para entonces, el material recopilado por los inquisidores era abundantísimo, y en las confesiones obtenidas se mencionaban hechos insólitos sobre supuestas reuniones de brujos que se celebraban bajo la atenta guía del demonio, a quien los adeptos debían besar en sus partes pudendas; en aquellas fiestas los brujos se entregaban con desenfreno a orgías en las que copulaban entre ellos y con el Maligno, mientras los niños que todavía no habían sido iniciados se encargaban de cuidar los “sapos vestidos” que cada brujo recibía al convertirse en sirviente del demonio. En aquellos relatos –muchas veces incoherentes entre sí–, no faltaban historias sobre asesinatos y maldiciones, daños a las cosechas o envenenamientos mediante pócimas, polvos y ungüentos, además de otros prodigios como la capacidad para transformarse a su antojo en los más variados animales.
A pesar de todo aquel insólito material acumulado durante los interrogatorios, la Suprema insistió a los inquisidores de Logroño sobre la necesidad de una investigación directa, mediante la presencia en el lugar de los hechos y las regiones vecinas de uno de los miembros del tribunal. Fue así como, finalmente, el 16 de agosto de Juan de Valle Alvarado inició su viaje por las zonas afectadas por la herejía. Convencido por completo de la realidad de los hechos denunciados, Valle pasó varios meses en Zugarramurdi y el distrito, entrevistando a cientos de personas y ordenando la detención y encarcelamiento de aquellas que le parecieron más sospechosas. Entre ellas se contaban fray Pedro de Arburu y el padre Juan de la Borda. Mientras Valle se encontraba en la región predicó sin descanso contra las brujas, propagando a su paso el terror en las Cinco Villas navarras y otras comarcas limítrofes. Cuando finalmente regresó a Logroño, había dejado atrás a miles de personas en estado de pánico; muchas de ellas comenzaron a acusar a sus vecinos, a veces por rencillas personales, y otras simplemente porque sus hijos decían haber soñado que algún vecino les había llevado durante la noche a los aquelarres.
Con todo aquel maremagnum de confesiones y acusaciones de toda índole, los inquisidores remitieron la documentación al Consejo Supremo de la Inquisición en Madrid para su valoración, mientras se iban preparando los dictámenes contra cada reo de cara al Auto de Fe que, esperaban, finiquitase aquél engorroso asunto. Antes de dar un veredicto, cada uno de los inquisidores debía emitir su voto respecto al proceso. Mientras Valle y Becerra estaban convencidos de la culpabilidad de los acusados y proponían su condena, Alonso de Salazar –el último de los inquisidores–, mostró su disconformidad, argumentando que los testimonios eran endebles, llenos de incoherencias y sin pruebas contundentes para condenar a los acusados. Pese al dictamen favorable de Salazar, se decidió llevar a cabo el Auto de Fe en noviembre de 1610, con el triste desenlace que ya conocemos.

Tras el Auto de Fe, y contra lo que cabría esperar, las supuestas prácticas brujeriles no desaparecieron. De hecho, sucedió todo lo contrario. A la visita realizada por el inquisidor Valle, que ya había propagado el miedo a las brujas, se sumaba ahora el relato detallado de los miles de personas que habían asistido al proceso de Logroño, donde habían escuchado las acusaciones, y terminaron por difundirlas en sus lugares de origen. Puede decirse que a finales de 1609 no había villa, pueblo o aldea del nordeste peninsular que no conociese con todo lujo de detalles las maldades atribuidas a las brujas, y pronto estallaron nuevos brotes de pánico en decenas de poblaciones.
Como relata Henningsen, “tres meses después del Auto de fe ardía toda aquella parte de los Pirineos. Desde Vera hasta Santesteban, atravesando el valle de Baztán y llegando hasta Zugarramurdi, apenas había un pueblo en el que no se encontrasen niños ‘embrujados’, los cuales eran llevados todas las noches al aquelarre, y luego señalaban a tales o cuales personas a quienes habían visto en el mismo”.
Los ánimos estaban cada vez más caldeados, y ante la inacción del Santo Oficio, en muchos lugares los propios vecinos o las autoridades se tomaron la justicia por su mano. En ciertos pueblos los supuestos brujos eran encerrados en sus casas, se les apedreaba por las calles o eran sometidos a las torturas más crueles para arrancarles una confesión. En algunos casos se lanzaba a los “brujos” o “brujas” desde lo alto de los puentes o se les hacía pasar toda la noche a la intemperie, con los pies introducidos en barreños con agua congelada. En medio de esta fiebre antidemoníaca, se registraron varias víctimas mortales en los pueblos de Navarra.
Ante semejante panorama, y con la situación fuera de control, comenzaron a alzarse varias voces que proclamaban su escepticismo. La mayor parte de ellos procedía, aunque resulte curioso, de la propia jerarquía eclesiástica. Uno de los mayores críticos con aquellos “cuentos de brujas” fue el obispo de Pamplona, Antonio Venegas de Figueroa, un clérigo de gran influencia. Venegas realizó su propio viaje por las regiones afectadas y terminó convencido de que aquella epidemia “se basaba total y enteramente en embustes e ilusiones”. El obispo descubrió que en la región no se había oído hablar de brujas hasta que en el país de Labourd (Francia), al otro lado de los Pirineos, se había iniciado una persecución brujeril que tendría como punto final las terribles actuaciones de Pierre de Lancre. Curiosamente, María de Ximildegui, la joven que había iniciado la locura en Zugarramurdi, había regresado desde el país vecino en un momento de gran persecución.
De forma paralela a Venegas, un grupo de jesuitas dirigidos por el padre Solarte se decidió a visitar las Cinco Villas navarras, llegando a una conclusión similar, sobre todo después de descubrir que muchas de las personas que eran tenidas por brujas habían dado un falso testimonio.
A comienzos de 1611, el inquisidor Alonso de Salazar, quien ya había dado muestras de sus diferencias con el criterio de sus colegas, estaba cada vez más convencido de aquella historia no se sostenía. Las escasas dudas que tenía acabaron por disiparse después de que a finales de mayo de aquel año iniciara el preceptivo viaje por el distrito con la finalidad de proseguir con las investigaciones, así como para promulgar un edicto de gracia –una amnistía total– para todos aquellos brujos que confesaran su condición y se arrepintieran. Aquella era la medida que había tomado el Santo Oficio con el fin de acabar con el terrible brote brujeril que amenazaba ya con extenderse a otros puntos de España. Acompañado de varios ayudantes y notarios, Salazar viajó por el distrito durante ocho largos meses. En aquel tiempo apenas tuvo momentos para el descanso, pues con la publicación del edicto de gracia en cada población a la que llegaba, multitud de personas se aproximaban a él en busca de perdón. Según él mismo recogió en sus diarios, “desde el 22 de mayo de 1611 que salí a la visita, hasta el 10 de enero de este año (1612) son 1.802 personas las que (…) se han despachado: 1.384 niños absueltos ad cautelam –de 12 y 14 años–, y 290 –de ahí a arriba–, fueron reconciliados y 41 absueltos ad cautelam (…) Y de los dichos 290 que yo reconcilié fueron cien personas de 20 años arriba, en todas edades y vejez, y muchos de ellos de 60, 70, 80 y 90 años”.
La mayoría de estas personas acudían a ser “reconciliados” a pesar de ser inocentes, pues de este modo creían quedar protegidos de posibles acusaciones de sus vecinos. Además, muchos otros se acercaron a Salazar para retractarse de sus declaraciones iniciales, asegurando que las habían realizado bajo coacción. Uno de los casos más singulares y conmovedores fue el de un anciano sacerdote del pueblo de Cicordia, llamado Diego Basurto. Según este clérigo nonagenario confesó a Salazar, se había autoinculpado debido a las presiones de un joven sacerdote llamado Pedro Ruiz, que ambicionaba un puesto como comisario de la Inquisición. Éste le había engañado para que le acompañase a Logroño y, una vez allí, le amenazó diciéndole que se pudriría en las cárceles inquisitoriales si no se confesaba brujo. El anciano así lo hizo, y además acusó a otras personas –con las que Ruiz estaba enemistado– de ser también brujos. Durante su confesión a Salazar, el pobre sacerdote le explicó: “Señor, la verdad es que todas esas cosas yo no sé ni he sabido jamás cosa ninguna, ni podré responder con verdad a tales preguntas”.
Por si todas aquellas evidencias fueran pocas, Salazar llevó a cabo una encomiable labor que debía haber hecho su colega Valle en su viaje anterior al Auto de Fe: buscar posibles pruebas materiales que confirmasen los relatos de las presuntas brujas. Así, el inquisidor reunió diversos materiales supuestamente utilizados por los adoradores del diablo, como polvos o ungüentos, y los entregó a médicos y boticarios para su examen. Ninguna de aquellas sustancias resultó ser dañina para personas o animales, sino meras hierbas o mejunjes creados para satisfacer las peticiones de los acusadores. En otros casos, como en el de jóvenes que aseguraban haber copulado con el demonio durante los aquelarres, Salazar contó con la ayuda de matronas que confirmaron que dichas mozas seguían manteniendo su virginidad.
Con todas aquellas pruebas en su poder, Salazar registró en sus escritos la impresión extraída de su visita: “No he hallado certidumbre ni aún indicios de que colegir algún acto de brujería que real y corporalmente haya pasado (…) respecto a las testificaciones, las tres cuartas partes de ellas, y aún más, se han delatado a sí y a los cómplices contra toda verdad”. Coincidiendo con el parecer del obispo Venegas y el jesuita Solarte, Salazar concluyó que todo había surgido por los rumores que se fueron difundiendo de un pueblo a otro, primero desde Francia, y más tarde tras la visita de su colega Valle por el distrito y tras la celebración del Auto de Fe.
Ya de regreso en Logroño, Salazar se encargó de preparar los escritos de su trabajo para enviarlo a la Suprema, a pesar de que sus colegas Valle y Becerra seguían defendiendo la realidad de las actividades brujeriles. Finalmente, dos años más tarde, el Consejo Supremo del Santo Oficio se decidió a aclarar la cuestión de las brujas, realizando un proceso en el que se valoraron los documentos aportados por ambas partes. Tras largas deliberaciones, la Suprema emitió su veredicto a finales de agosto de 1614, y pocos días después ponía por escrito las instrucciones que todo tribunal de la Inquisición debería seguir a partir de entonces en casos de supuesta brujería. En aquellos papeles la Suprema se manifestaba partidaria de la visión escéptica defendida por Salazar, e incluía en su “manual” muchas de las directrices sugeridas por éste, y en especial el llamado “Edicto de silencio”, por el cual se exhortaba a las autoridades civiles y eclesiásticas a acallar cuanto antes cualquier tipo de rumor sobre estos sucesos, con el fin de evitar su propagación a otros lugares.
Y asi, por extraño que pueda parecernos debido en gran parte a la leyenda negra creada por otros paises sobre España, fue un inquisidor, Salazar, quien logró que a partir de entonces los casos de brujería fueran estudiados con el mayor de los escepticismos, a fin de evitar desastres como el de Logroño, salvando la vida a miles de personas que, de otro modo, podían haber acabado sus días en la hoguera.

LAS BRUJAS DEL PAÍS DE LABOURD
Poco antes de que se desatara el brote de ‘brujomanía’ en Zugarramurdi, una epidemia muy similar había tenido lugar en Francia, en el llamado país de Labourd, zona fronteriza con Navarra y el País Vasco. En esta región la situación llegó a ser tan preocupante que el parlamento de Burdeos solicitó al monarca que enviase a un juez para acabar con la situación. Fue así como en el año 1609 Enrique IV designó a Pierre de Lancre, consejero del Parlamento, como perseguidor de las brujas. Aunque el Auto de Fe celebrado en Logroño terminó con la vida de varias personas, la represión ejercida por De Lancre fue mucho más brutal. Convencido de la realidad de los relatos de brujería y adoración al demonio, Lancre condenó a muerte a más de cien personas, provocando el destierro y la huida de otros cientos, que escaparon a tierras españolas. El celo de Pierre de Lancre no disminuyó ni siquiera en el caso de miembros del clero, pues fueron numerosos los sacerdotes detenidos y ejecutados por, supuestamente, participar en aquellos terribles delitos contra la fe. Llevado por sus radicales creencias religiosas y víctima de la superstición, el severo juez galo utilizó declaraciones de menores y de adultos sometidos a tortura como pruebas irrefutables de la existencia de prácticas brujeriles. Con aquellos datos poco fiables, De Lancre llegó a asegurar que en la región del Labourd había más de tres mil personas “señaladas” con la marca del Maligno. Una visión que contrasta con la posición escéptica del inquisidor Salazar, y que por desgracia se aplicó en otros países europeos, incluso en aquellos de credo protestante, lo que causó la muerte a miles de personas.

Aunque los sucesos de Zugarramurdi son sin duda los más conocidos, lo cierto es que en nuestro país se produjeron otros sucesos similares, que aunque no tuvieron tanta repercusión en la historiografía posterior, destacaron también por su trágico final.
Poco después de los hechos descritos en el artículo, en 1616 un nuevo brote de “brujos” se produjo en las proximidades de Bilbao. Aunque se promulgó el edicto de silencio y los acusados quedaron en libertad, el corregidor de Vizcaya logró un permiso del Consejo de Castilla para encargarse de los casos de brujería sin que intercediera la Inquisición. Fue así como dicho corregidor cursó 289 acusaciones de brujería. Si no hubiera sido por la determinante intervención –otra vez– de Salazar, la tragedia de Logroño podría haber sido un simple juego de niños comparado con lo que pudo haber sucedido en Vizcaya.
Algunos años después en Pancorvo (Burgos), en el año 1621, las autoridades civiles desoyeron las instrucciones inquisitoriales y quemaron en la hoguera a ocho personas acusadas de brujería. A este desastre pudieron haberse sumado otras mujeres en 1620, cuando un juez de Cangas, en Galicia, las condenó a la hoguera por prácticas demoníacas. Afortunadamente, en este caso fueron liberadas antes de la ejecución. El caso más dramático de estos años se produjo en Cataluña entre 1616 y 1619; al igual que en los casos anteriores, fueron las autoridades civiles, ignorando la jurisdicción de la Inquisición en estos casos, quienes ejecutaron a más de 300 supuestas brujas en la horca.

BIBLIOGRAFÍA:
-CARO BAROJA, Julio. Las brujas y su mundo. Alianza editoria. Madrid, 2003.
-HENNINGSEN, Gustav. El abogado de las brujas. Alianza Editorial. Madrid, 1983.
http://www.planetasapiens.com/?p=4318
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MensajeTema: Re: Zugarramurdi, el salem español   Zugarramurdi, el salem español EmptyVie 30 Dic 2011 - 2:01

que peshá de leé me pegao obolo,,,

no veas con el resumen,ahora que merece la pena. :chers:
joer con los inquisitores y los pueblerinos lo que liaron. :bash:

me a recordado a las historias de las acusaciones que todos hemos oido de la guerra civil. :bash:

por cierto que raro que fray tomas de torquemada no haya hecho acto de presencia en este post. :reflexion:

seria uno de los perseguidos? mdr

ah se me olvidaba:SOY INOCENTEEE!!!!

FELICES FIESTAS. 🎅


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MensajeTema: Re: Zugarramurdi, el salem español   Zugarramurdi, el salem español EmptyVie 30 Dic 2011 - 3:22

mdr mdr mdr Yo antes de leer, le doy al ratón haber si hay muchas letras, cuando veo tanta historia, me leo el principio y el final; prefiero que me regalen un libro, y eso que no soy mucho de leer. :arf:
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MensajeTema: Re: Zugarramurdi, el salem español   Zugarramurdi, el salem español EmptyVie 30 Dic 2011 - 18:40

Lo admito, soy malo resumiendo lo que considero interesante :(

la proxima sera mas resumida, lo prometo :chers: .
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paixulembro
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MensajeTema: Re: Zugarramurdi, el salem español   Zugarramurdi, el salem español EmptyVie 30 Dic 2011 - 18:46

joe como estaba el patio!!!, gracias por compartirlo obolo :chers:

:eski: :eski:
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MensajeTema: Re: Zugarramurdi, el salem español   Zugarramurdi, el salem español EmptyVie 30 Dic 2011 - 23:58

Nayox escribió:
mdr mdr mdr Yo antes de leer, le doy al ratón haber si hay muchas letras, cuando veo tanta historia, me leo el principio y el final; prefiero que me regalen un libro, y eso que no soy mucho de leer. :arf:
yo lo ví cuando lo puso obolo tito, hace unos dias,lo que pasa es que lo apunté en "lecturas pendientes cuando tenga ganas"jejejejj
zalú. :chers:

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MensajeTema: Re: Zugarramurdi, el salem español   Zugarramurdi, el salem español EmptyLun 16 Abr 2012 - 1:55

Dejando las brujas aparte, si visitais Navarra, no dejeis de ir a Zugarramurdi, vais a alucinar en colores.
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