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 La Batalla de las Navas de Tolosa

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Odal
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MensajeTema: La Batalla de las Navas de Tolosa   Jue 22 Oct 2009 - 3:28

La Batalla de Las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212)



Fue una de las más decisivas de la historia de España. Permitió extender los reinos cristianos, principalmente el de Castilla, hacia el sur de la Península Ibérica, entonces dominado por musulmanes. La contienda tuvo lugar cerca de la población jiennense de Las Navas de Tolosa. Es el final de la Reconquista Española.

Esta decisiva batalla fue el resultado de la Cruzada organizada en España por el Rey Alfonso VIII de Castilla, el Arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada y el Papa Inocencio III contra los almohades musulmanes que dominaban Al-Andalus desde mediados del siglo XII.

Situación Previa

Al tenerse noticia de la preparación de una nueva ofensiva almohade, Alfonso VIII, después de haber fraguado diferentes alianzas con la mayoría de los reinos cristianos peninsulares, con la mediación del Papa, y tras finalizar las distintas treguas mantenidas con los almohades, decide preparar un gran encuentro con las tropas almohades que venían dirigidas por el propio califa Muhammad An-Nasir.



El ejército cristiano estaba formado por:

*Las tropas castellanas al mando del rey Alfonso VIII de Castilla, el alma de la batalla y el coordinador, junto con 20 milicias de Concejos Castellanos, entre ellas las de Medina del Campo, Madrid, Soria, Palencia, Almazán, Medinaceli, Béjar y San Esteban de Gormaz. Constituían el grueso de las tropas cristianas y rondaban los 50.000 hombres.

*Las tropas de los reyes Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal. Sumaban unos 20.000 hombres, en su mayoría aragoneses que al año siguiente lucharían en la Batalla de Muret. Las tropas portuguesas acudieron a la llamada de cruzada, pero no contaron con la ayuda de su rey.

*Las tropas de las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Temple y San Juan (Malta).

*Un gran número de cruzados provenientes de otros estados europeos o ultramontanos, llamados así por haber llegado desde más allá de los Pirineos. Estos guerreros, en su mayoría franceses, llegaron atraídos por la llamada del Papa Inocencio III. Su número es discutible, pero se cree que pudieron llegar a los 30.000 hombres, si bien muchos de ellos no llegaron a participar en la batalla.

*Al igual que el portugués, tampoco participó en la contienda el rey de León Alfonso IX, que en aquellos años estaba enemistado con el rey de Castilla e incluso aprovechó la oportunidad para intentar asediar un par de castillos fronterizos. No obstante, sí acudieron algunos caballeros leoneses por su cuenta.


El ejército musulman estaba formado por:


El ejército cristiano tenía un tamaño ciertamente respetable, pero el gran número de tropas convocadas por el Califa almohade Muhammad An-Nasir hacía que pareciera pequeño a su lado. Su tamaño fue enormemente exagerado por las crónicas cristianas, llegando a hablarse hasta de 300.000 a 400.000 hombres, si bien hoy en día se tiende a cifrar su número en algo más de 120.000. Su composición no era menos internacional que la de su oponente:

*En primera línea se situaba la infantería ligera marroquí reclutada en el Alto Atlas.

*Tras ésta se disponían los infantes voluntarios de Al-Andalus, mejor armados que los marroquíes y encargados de detener las filas enemigas.

*El propio ejército almohade se encontraba detrás de los andalusíes, con la potente caballería africana, que había sido la pesadilla de los ejércitos cristianos, cubriendo los flancos. La mayoría de sus veteranos y bien armados hombres procedían del noroeste de África, pero entre sus filas no faltaban tampoco los guerreros de todos los rincones del Islam atraídos por la llamada a la Guerra Santa.

*Tras la caballería almohade, que combatía con lanza y espada, se encontraban contingentes de arqueros a caballo turcos conocidos como Agzaz. Esta unidad de mercenarios de élite había llegado a la Península tras haber sido capturados en lo que ahora es Libia durante la guerra que mantenían los almohades del Magreb con los ayubíes de Egipto.

*Al final, formando una apretada línea en torno a la tienda personal del sultán, se encontraba la llamada Guardia Negra, integrada por soldados-esclavos fanáticos procedentes del Senegal. Grandes cadenas y estacas los mantenían anclados entre sí y al suelo, de tal manera que no les quedaba otra alternativa que luchar o morir. Desde su tienda, el sultán arengaba a sus tropas vestido completamente de verde (el color del Islam), con un ejemplar del Corán en una mano y una cimitarra en la otra. En las filas musulmanas abundaban los líderes religiosos y santones tanto como los monjes y sacerdotes en las cristianas, exhortando a ambos bandos a una lucha sin tregua.


La batalla

Extracto de la novela "Héroes" de Enrique de Diego (Editorial Martínez Roca).

Lunes, 16 de julio, del año 1212



Era aún noche cerrada, apenas si habían conciliado el sueño, en vigilia de oración los freires, cuando, a la luz titubeante de las antorchas, el campamento se desperezó con imperiosos sones de clarines y viriles voces de mando y apremio: “¡Arriba! ¡Vamos! ¡A formar!”. Se sucedían las carreras. Los escuderos pasaban raudos con los caballos enjaezados. Los arqueros corrían a reunirse, con sus carcajs bamboleándose a sus espaldas. Los peones sujetaban con fuerza sus escudos y formaban las líneas de su cuadrillas. Los caballeros clavaban sus aceros en el suelo y rezaban ante su cruceta; acariciaban la testuz y las crines de sus monturas, de las que dependería su vida en la jornada; montaban y se ajustaban, con ganchos, a los altos arneses para afianzar su posición; recogían el yelmo que les servía el escudero y se lo calaban, asegurando la mejor visión. Los freires marchaban a formar en haces compactas, con sus airosas capas, seguidos por sus sargentos. Los caballeros villanos pasaban con sus acolchadas defensas de cuero y sus largas lanzas. Los portaestandartes acariciaban el astil de sus enseñas y las afianzaban en sus estribos. Se recontaban las fuerzas y se daban novedades. Los señores, con sus familiares, marchaban, ceremoniosos, a ocupar sus posiciones preeminentes. Los mandos se situaban al frente de sus cuerpos. Los reyes de Aragón y de Navarra, con lucidos y marciales cortejos, fueron a los flancos.
Era un amanecer lento. El sol no acompasaba su paso al acelerado latir de los corazones. Tibios haces de luz se desplegaban en el horizonte iluminando una naturaleza extrañamente quieta, ajena a cuanto estaban dispuestos a jugarse los hijos de los hombres.
Poco a poco, la agitación se torno en calma y el caos en orden de revista; en silencio guerrero y religioso; los soldados se persignaban en la alborada más larga y decisiva de sus vidas.
Volvieron a sonar los clarines con toque de atención. El rey llegaba escoltado por su alférez Álvaro Núñez de Lara con la enseña de Castilla, don Rodrigo Ximénez de Rada, con loriga, espada y sosteniendo en su mano izquierda la Cruz de brillantes, don Tello Tellez de Meneses con la Virgen arzonera, con el Hijo de Dios sentado en sus rodillas, y don Domingo Pascuale, portando la bandera del Calvario. Detrás obispos, ricos hombres y la mesnada real.
Alfonso VIII refrenó su caballo al llegar al centro de las filas. Una intensa y callada corriente de comunión y lealtad, que salía de lo más hondo de sus corazones, se adueñó del expectante ejército. El rey hizo un gesto al primado para que procediera. Don Rodrigo se adelantó y se puso a su vera. Mientras los peones se prostraban de hinojos, su mano derecha, con los dedos de corazón e índice unidos, rasgaron las últimas tinieblas, bendiciendo a quienes iban a luchar por el honor de Dios, bajo su signo salvador. Recitó pausado y solemne la fórmula de la absolución:
- Ego te absolvo ab peccatis tuis. In nomine Patris, et Filii et Spiritu Sancti.
El perdón del Altísimo alcanzaba a todos y quien sucumbiera bajo las armas de los enemigos de Cristo moriría como mártir de la fe y alcanzaría la Gloria celestial.
Don Rodrigo hizo recular a su caballo y de nuevo el rey quedó solo con su ejército. Todas las miradas buscaban su rostro serio, pues en la decisión que reflejaba su faz encontraban fortaleza.
- Españoles, hemos marchado juntos, hemos sufrido juntos. Estáis aquí los de lealtad probada. Cuando vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos os pregunten por qué luchasteis, les contaréis que vinistéis a defenderles a ellos y a los hijos de muchos que ni siquiera conoceréis en vuestra vida. Les diréis que luchasteis por vuestra fe y la suya, pues los enemigos de la Cruz del Señor no sólo aspiran a la destrucción de las Españas, sino que también amenazan con ejercer su crueldad en otras tierras de los fieles de Cristo y oprimir el nombre de cristiano. Cuando vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos, mirándoos con admiración y agradecidos, os pregunten quién os guiaba en la batalla diréis que no era hombre alguno sino el mismo Dios de los ejércitos y por ello acudistéis jubilosos y sin temor al combate, pues si derramamos nuestra sangre podremos contarnos entre el coro de los mártires. Cuando vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos os pregunten por qué, abandonándolo todo, recorristéis tierras inhóspitas para luchar les diréis que os negasteis, como vuestros antepasados, a que el invasor sarraceno os impusiera sus costumbres y las creencias de la maldita secta de Mahoma. Cuando quieran saber lo que sentía esta entrañable unidad guerrera al comienzo de este día de júbilo y de gloria, la palabra que vendrá incontenible a vuestra boca será la que ahora acelera nuestros corazones: ¡libertad!
Un griterío ensordecedor surgió de las gargantas. Se repetían las invocaciones a Santiago, los castellanos, y a San Jorge, los aragoneses.
Cuando cesó la algarabía de la arenga, el ejército se puso en marcha, bajó el talud e inició el avance hacia el enemigo. En cabeza el señor de Vizcaya, don Diego López de Haro.


Consecuencia


Como consecuencia de esta batalla, el poder musulmán en la Península Ibérica comenzó su declive definitivo y la Reconquista tomó un nuevo impulso que produjo en los siguientes cuarenta años un avance significativo de los llamados reinos cristianos, que conquistaron casi todos los territorios del sur bajo poder musulmán. Consecuencia inmediata fue la toma de Baeza, que posteriormente retornó a manos almohades. La victoria habría sido mucho más efectiva y definitiva si no se hubiera desencadenado en aquellos mismos años una hambruna que hizo que se demorara el proceso de reconquista. La hambruna duró hasta el año 1225.

En recuerdo de su gesta, el rey de Navarra incorporó las cadenas a su escudo de armas que asimismo aparecen en el cuartel inferior derecho del escudo de España.


Texto e imagenes extraído de: http://www.trucoswindows.es/Batalla-Navas-De-Tolosa-t9038.html

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MensajeTema: Re: La Batalla de las Navas de Tolosa   Mar 22 Dic 2009 - 1:39

La verdad es que de la Batalla de las Navas no se mucho. No me suena muy riguroso lo de hablar de España en aquella época ¿no?
Una cosa es cierta: el tema de las cadenas del escudo de Navarra es muy anterior y hoy en dia se sabe que no tienen nada que ver con lo de esta batalla. Es un mito.

En todo caso, salud!
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MensajeTema: Re: La Batalla de las Navas de Tolosa   Sáb 26 Dic 2009 - 14:53

Esta historia si que me ha gustado mucho, interesante seria una continuacion con el asedio de la batalla de Muret. Fue el declive del Reino de Aragon en Francia (algo clave).
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MensajeTema: Re: La Batalla de las Navas de Tolosa   

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